Los Misterios de la jungla negra

Los Misterios de la jungla negra

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Tremal-Naik se alzó ágilmente y se arrojó sobre Manciadi para impedirle que gritase, pero la precaución era inútil. Darma había dado en tierra con el estrangulador mediante un poderoso zarpazo y le había lacerado profundamente el pecho hasta el abdomen.

—¿Está muerto? —preguntó Kammamuri acudiendo.

—Espero que no, porque si fuese así no podría decirnos nada.

Manciadi estaba inundado de sangre y respiraba fatigosamente.

Tremal-Naik y el maharata lo levantaron y lo transportaron hasta la cabaña, mientras por el sur avanzaban en el cielo nubes amenazadoras y Darma miraba al herido con el evidente deseo de destrozarlo.

—¡Me temo que no sobrevivirá! —dijo Kammamuri inclinándose para observar al estrangulador.

—¡Pero es preciso que hable! —rugió el cazador de serpientes—. Haz que vuelva en sí.

El maharata salió de la cabaña y volvió poco después con algunas hojas que puso sobre la herida de Manciadi. Luego mojó la frente del herido con un trapo empapado en agua.

Poco después el estrangulador abrió los ojos y miró alrededor. Su rostro asumió una expresión atónita y luego su mirada, al encontrarse con la de Tremal-Naik, manifestó un relámpago de odio.


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