Los Misterios de la jungla negra
Los Misterios de la jungla negra Le dio varias veces de beber y luego a su vez apagó su sed.
De repente el tigre lanzó un ronco rugido, y luego cayó pesadamente al suelo, debatiéndose furiosamente. Kammamuri, aterrorizado, acudió a la fiera, pero de repente las fuerzas le faltaron y también cayó él boca arriba con los ojos desorbitados, las manos contraídas y los labios cubiertos de espuma.
—¡Pa…trón! —balbuceó con apagada voz.
—¡Kammamuri! —gritó Tremal-Naik. ¡Gran Siva…! ¡Ada…! ¡Oh, mi Ada…!
La jovencita, como el tigre y Kammamuri, tenía los ojos desorbitados, espuma en los labios y las facciones espantosamente alteradas. Agitó las manos intentando agarrarse al cuello del indio, abrió la boca como si quisiera hablar y luego cerró los ojos y se quedó rígida. Tremal-Naik la sostuvo y lanzó un grito desgarrador.
—¡Ada…! ¡Socorro…! ¡Socorro…!
Fue su último grito. Se le ofuscó la vista, se le quedaron rígidos los músculos, una violenta convulsión lo sacudió de pies a cabeza y vaciló, se volvió a alzar, y luego cayó como fulminado sobre las ardientes piedras de la caverna.
Casi en el mismo instante se oyó un estallido y una turba de indios se precipitó en la gruta.