Los Misterios de la jungla negra
Los Misterios de la jungla negra TendrÃa entre los treinta y cinco o cuarenta años y llevaba el uniforme de capitán de cipayos, rico en adornos de oro y plata. Era de alta estatura, cuerpo robusto, carnación bronceada pero bastante menos oscura que la de los indios. Se adivinaba en él al europeo que durante muchos años ha estado expuesto a los calores del sol tropical.
Su rostro era soberbio, pero su frente estaba surcada por arrugas precoces. Sus ojos eran grandes, melancólicos, pero a veces centelleaban con gran osadÃa.
De vez en cuando alzaba la cabeza, miraba fijamente al gran rÃo y hacÃa un gesto de impaciencia.
HabÃa transcurrido ya media hora cuando en lontananza resonó una detonación. El capitán alargó la mano derecha hacia una rica carabina con arabescos de plata y nácar, saltó rápidamente en pie y descendió a la orilla, agarrándose a las raÃces del tamarindo que salÃan, como serpientes, de la tierra. Por el norte habÃa aparecido un punto negro que iba gradualmente aproximándose; alrededor de él centelleaba el agua sacudida por los remos.
—Aquà están —murmuró el capitán.
Alzó la carabina por encima de su cabeza y disparó. Un relámpago zigzagueó sobre el punto negro y resonó una segunda detonación.
—Todo va bien —concluyó el capitán—. Espero esta vez saber algo.