Los Misterios de la jungla negra
Los Misterios de la jungla negra El viejo se lanzó a la orilla, se arrojó entre las hierbas y llegó al matorral.
—¡Estamos a salvo! —dijo—. Estoy contento de que tú también hayas escapado a la persecución.
—¿Sabes que han matado a Windhya?
—Ya lo sé, Tremal-Naik —respondió el thug—. Cuando le han herido yo estaba a diez pasos de él.
—¿Y ahora qué haremos?
—Huiremos hacia el sur.
—¿Y luego?
—Iremos a buscar los porom-hungse.
—¿Y el capitán…?
—No es el momento de pensar en él.
—¿Y si ya hubiera partido?
—No lo creo, Tremal-Naik. Apresurémonos a alejarnos antes de que las chalupas se dirijan a esta parte; los soldados vienen a inspeccionar la orilla.
—¿Conoces el camino?
—Bastará seguir la orilla manteniéndose a cierta distancia —respondió el thug.
Estaban a punto de salir del matorral cuando vieron venir desde un arrozal próximo a un sacerdote brahmán, un magnÃfico hombre de estatura considerable, con una barba imponente ya entrecana y vestido con un hábito blanco. TenÃa en la mano un vaso de metal muy reluciente, capaz de contener tres o cuatro litros de agua.