Los Náufragos del Liguria
Los Náufragos del Liguria UN CUARTO DE HORA TERRIBLE
APENAS estuvieron sobre la más alta roca de la cumbre, la cual se erguía aislada en medio de las florestas, echaron alrededor una mirada de viva curiosidad, en la seguridad de que al cabo podrían divisar los contornos de su posesión.
Sus previsiones habían resultado cumplidas: aquella tierra que los albergaba no era un continente, sino una isla, pues se prolongaba un buen trecho hacia el Sur. Su forma se parecía vagamente a la de un cuchillo enorme, alargándose hacia el Norte y restringiéndose hacia el Mediodía, pero con dentelladas más o menos pronunciadas, que formaban bahías pequeñas, y cercanos, algunos islotes microscópicos, diseminados aquí y allá, y adheridos a fuertes escolleras.
Hasta donde podían alcanzar las miradas de los náufragos, no se descubrían más que bosques, cuyos límites eran los acantilados de la costa, impidiendo ver si aquella tierra estaba o no habitada. Al parecer, no había ríos grandes ni chicos, pero se distinguían pequeños lagos y estanques, probablemente de agua salada, porque estaban en la proximidad del mar.
El veneciano aguzaba la mirada, con la esperanza de descubrir alguna otra isla; pero en vano. Al Este y al Oeste, como al Norte y al Sur, no aparecía mas tierra.
—Y bien, señor —preguntó el mozo—; ¿sabéis ahora donde nos encontramos?
