Los Náufragos del Liguria
Los Náufragos del Liguria LA BABIRUSA
EL sueño del marinero se prolongó hasta el mediodía, siempre de un modo regular y tranquilo.
Cuando abrió los ojos, el bravo genovés parecía absorto de verse acostado bajo aquella improvisada tienda, entre sus dos compañeros y «Sciancatello», que se había acurrucado a sus pies, como si adivinase que se hallaba enfermo su amigo.
—¿Que es lo que hacemos aquí? —preguntó, mirando al señor Albani y al mozo, que le observaban sonriendo.
Pero se acordó enseguida de cuanto había sucedido.
—Pero ¿yo no estoy muerto? —exclamó—. ¡Ah! ¡Señor Albani, le debo la vida!… ¡Mi Piccolo Tonno, no creí volver a verte!
—¿Cómo estás? Preguntó el veneciano, apretándole afectuosamente una mano.
—Estoy muy débil, pero muy débil, señor, y me parece que tengo vacía la cabeza. Mas me veo vivo, y esto me basta. Todavía siento agudos dolores en la pierna mala; pero ¡bah!, ya pasarán. ¡Terremoto!… Me ha abrasado usted las carnes.
—Era necesario, Enrique, si no hago eso, corrías el peligro de morir en el espacio de un cuarto de hora.
