Los Náufragos del Liguria

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CAPĂŤTULO XXIX

EL MALTÉS

HABÍAN salido del bosque que cubría la pequeña península y que formaba el límite extremo de la costa meridional.

El terreno se elevaba suavemente en forma de colina sombreada por arequias, plátanos silvestres, manigua y «rotangs», que se alargaban sobre la pendiente como serpientes desmesuradas.

Un hombre subía penosamente apoyándose en un palo. Tendría unos treinta años y era de alta estatura; pero tan flaco estaba, que las desgarradas prendas de si vestimenta le danzaban como podrían hacerlo sobre un esqueleto ambulante.

Sus cabellos y su barba, inculta y negrĂ­sima, le daban un aspecto salvaje.

—¡Es él; es Marino! —repitió el marinero.

—¡En que estado! —exclamó Albani con voz conmovida—. Si tardamos más tiempo en buscarle, no hubiéramos encontrado más que su cadáver.

—¡Eh! ¡Marino! —gritó el marinero, que parecía haber olvidado ya sus propósitos de venganza.

Al oírse llamar por su nombre, el maltés se detuvo de pronto, echando en torno suyo una mirada apagada; después, haciendo un supremo esfuerzo, apretó el paso como si tratase de huir.

—¡Párate, desgraciado! —gritó el veneciano—. ¡No queremos hacerte daño!


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