Los Náufragos del Liguria
Los Náufragos del Liguria EL MALTÉS
HABĂŤAN salido del bosque que cubrĂa la pequeña penĂnsula y que formaba el lĂmite extremo de la costa meridional.
El terreno se elevaba suavemente en forma de colina sombreada por arequias, plátanos silvestres, manigua y «rotangs», que se alargaban sobre la pendiente como serpientes desmesuradas.
Un hombre subĂa penosamente apoyándose en un palo. TendrĂa unos treinta años y era de alta estatura; pero tan flaco estaba, que las desgarradas prendas de si vestimenta le danzaban como podrĂan hacerlo sobre un esqueleto ambulante.
Sus cabellos y su barba, inculta y negrĂsima, le daban un aspecto salvaje.
—¡Es él; es Marino! —repitió el marinero.
—¡En que estado! —exclamó Albani con voz conmovida—. Si tardamos más tiempo en buscarle, no hubiéramos encontrado más que su cadáver.
—¡Eh! ¡Marino! —gritĂł el marinero, que parecĂa haber olvidado ya sus propĂłsitos de venganza.
Al oĂrse llamar por su nombre, el maltĂ©s se detuvo de pronto, echando en torno suyo una mirada apagada; despuĂ©s, haciendo un supremo esfuerzo, apretĂł el paso como si tratase de huir.
—¡Párate, desgraciado! —gritó el veneciano—. ¡No queremos hacerte daño!
