Los Náufragos del Liguria

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CAPÍTULO XXXI

SOBRE EL ESCOLLO

EL huracán imperó toda la noche, sin dejarlo un solo momento. El mar, fuertemente agitado por el ventarrón de Poniente, azotó sin descanso el escollo, mugiendo de un modo pavoroso, penetrando con violencia en las grietas, cavernas y cavidades, conmoviendo masas de granito de muchos quintales de peso y lanzando sus espumas hasta la roca en que se habían recogido los tres náufragos.

La lluvia, que continuó cayendo y batiendo la cima del islote, descendía por las cañadas en impetuosos torrentes.

Hacia el amanecer, las nubes acumuladas se rasgaron a un golpe del viento del Norte, y la lluvia cesó casi en el acto.

Poco después, el sol hizo su aparición por entre un jirón de aquella masa de vapores, ahuyentando las tinieblas e iluminando el mar, todavía tempestuoso. La isla pareció hacia el Este, pero a una distancia tal, que los náufragos se miraron asustados.

—¿Pero, es nuestra isla o es otra? —se preguntó el genovés—. ¡Me parece imposible que nos hayamos alejado tanto!

—No veo otra —dijo Marino—. Además, la nuestra debe de encontrarse en esa dirección.

—¿Está muy lejos? —preguntó Albani, que hallándose todavía acostado, no alcanzaba a verla bien.


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