Los Náufragos del Liguria

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CAPÍTULO XXXII

LAS SEÑALES ENTRE LA ISLA Y EL ESCOLLO

AL llegar la noche volvieron a subir al cono los tres náufragos, llevando consigo sendos brazados de malezas y algas marinas, que recogieron en los parapetos de la escollera y que habían secado al sol.

Tenían intención de encender varias hogueras para atraer mejor la curiosidad del muchacho, el cual, probablemente al ver repetirse y multiplicarse las señales, comprendería al fin que les había sucedido alguna desgracia.

Primero miraron con profunda atención hacia la punta extrema de la isla, y el maltés, que tenía mejor vista que los otros, no tardó en distinguir el punto luminoso que observaron la noche anterior. Sin embargo parecía que no surgía entonces al nivel del mar, sino que ardía en un sitio más elevado, quizá en la cumbre de una roca.

—¿Habrá ido Piccolo Tonno a guisar la cena en la escollera? —dijo Enrique—. ¿O habrá encendido ese fuego en altura para hacerlo más visible?

—Yo creo que nuestro valiente Piccolo Tonno tendrá algún motivo para haberlo encendido ahí —dijo Albani.

—¿Cuál, señor?

—Ver si le contestamos.


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