Los Náufragos del Liguria

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CAPĂŤTULO VI

LOS ROBINSONES SUIZOS

CERCA de un pequeño altozano había un grupo de árboles elevadísimos, de gruesos troncos y perfectamente lisos, que le cubrían a una altura de sesenta o setenta palmos con sus espesas hojas.

Caídas a los pies de aquellos colosos veíanse gruesas frutas, del volumen de la cabeza de un hombre, pero de forma oblonga y cubiertas por una cáscara verdosa amarillenta llena de agudas y finísimas puntas de varios centímetros de largo.

Algunas estaban cerradas y enteras; pero otras presentaban una hendidura, por la que salía un olor nada agradable, pues se parecía mucho al que exhala la masa de los quesos podridos o del ajo pasado. Al través de aquella abertura se veía una pulpa blancuzca que parecía sabrosa.

—¡Que olor! —exclamó el marinero acariciándose la nariz y haciendo una mueca—. Parece que este árbol produce queso de Gorgonzola un poco pasado.

—O «Cacio Caballo»[5] podrido —agregó el mozo.

—¡Vaya! —exclamó el veneciano—; os ofrezco la mejor y más delicada fruta de la flora malasiana, y ya comenzáis a protestar.

—Señor, esas frutas serán exquisitas; pero huelen de tal modo que su olor es capaz de hacer huir a un perro.


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