Los Tigres de la Malasia
Los Tigres de la Malasia Hacía ya cuatro o cinco horas que el agua seguía creciendo en la bahía, cubriendo poco a poco el banco en que había encallado el Mariana .
Era, pues, aquel el momento para intentar poner a flote la embarcación, lo cual no parecía cosa muy difícil pues los marineros ya observaron un movimiento de la rueda de proa. Todavía no flotaba el velero; pero nadie dudaba de llegar a sacarlo de aquel mal paso ayudándolo con alguna maniobra.
Desembarazada la cubierta de los cadáveres que la llenaban, especialmente en el castillo de proa, donde cayeron muchos dayakos bajo las descargas de metralla hechas a quemarropa, y recogidos y colocados en las cajas los peligrosos balines de punta que habían detenido tan a tiempo el asalto de los belicosos isleños, los tigres de Mompracem se pusieron enseguida a la faena bajo la dirección de Yáñez y de Sambigliong.
A sesenta pasos de la popa se tiraron dos pequeñas anclas, se haló a la cuerda para echar hacia atrás la nave, ayudando el empuje de la marea, y se pusieron las velas de modo que el viento no resultara a favor de proa.
-¡A la cuerda, muchachos!- gritó Yáñez cuando todo estuvo dispuesto-. ¡Saldremos pronto de aquí!
