Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem —¡Al demonio todos los enamorados! —gritó Yáñez al levantarse molido por el golpe.
—Pero todavÃa estás vivo, ¿no?
—¿QuerÃas que me hubiera desnucado?
—No me consolarÃa nunca, Yáñez, si te pasara algo. ¡Mira, el parao!
El velero pasaba entonces por delante de la embocadura de la bahÃa, con la rapidez de una flecha.
—¡Qué compañeros tan fieles! —dijo Sandokán—. Antes de alejarse quisieron cerciorarse de que habÃamos podido bajar a tierra.
Se quitó la faja roja y la desplegó al viento.
Un momento después resonó un disparo en el puente del velero.
—Nos vieron —dijo Yáñez—.¡Ahora, Dios quiera que nos salven!
El velero viró y emprendió su carrera hacia el norte. Yáñez y Sandokán se ocultaron bajo las enormes plantas para ponerse a cubierto de la lluvia, que caÃa a torrentes.
—¿Sabes dónde estamos, Sandokán?
—Creo que estamos cerca del riachuelo que sirvió de refugio a mi paso después de la batalla con el crucero.
—¿Está lejos de la quinta de lord James?
—No, a unos pocos kilómetros.
—Mañana registraremos los alrededores.