Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem —¡Esto sà que es una suerte que no esperaba! —dijo Inioko—. ¿Adónde vamos ahora?
—La corbeta venÃa del noroeste, asà que creo que en esa dirección encontraremos a Yáñez.
—Pero será necesario estar varias horas en el agua, y el parao del señor Yáñez no debe caminar muy de prisa con este viento suave. Y no hay que olvidar a los tiburones, capitán.
—Hasta ahora no veo ninguna cola ni ningún hocico —contestó Sandokán—. Vamos hacia el noroeste; si no encontramos a Yáñez, pondremos pie en Mompracem.
Se acercaron uno al otro para protegerse, y nadaron con suavidad, para economizar fuerzas. Asà continuaron su travesÃa durante una hora más.
—¿Oyes? —dijo de pronto Sandokán.
—Sà —contestó el dayaco—. Parece la sirena de un barco.
—¡No te muevas!
Se apoyó en la espalda de Inioko y sacó más de medio cuerpo fuera del agua.
—¡Del norte avanza un barco hacia nosotros! Es un crucero que debe andar tras la huella de Yáñez.
—¿Lo dejaremos pasar?
—No podemos hacer otra cosa. ¡Abandonemos los salvavidas y sumerjámonos!
Cuando salieron a la superficie para respirar, oyeron una voz que gritaba: