Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem En otros tiempos Sandokán, aun cuando se viera casi desarmado frente a un enemigo cincuenta veces más poderoso, no habrÃa dudado un instante en arrojarse sobre las puntas de las bayonetas para abrirse paso. Pero ahora que amaba, que sabÃa que era correspondido y que quizás lo seguÃa ella con la vista y llena de ansiedad, no quiso cometer una locura que pudiera costarle la piel a él, y a ella, sabe Dios cuántas lágrimas.
Sin embargo, era preciso abrirse paso para llegar al bosque y luego al mar, su único asilo seguro.
Volvió a subir la escalera sin que los soldados lo hubieran visto y entró de nuevo al saloncito con el kriss en la mano.
TodavÃa estaba allà el lord; la joven habÃa desaparecido.
—Señor —dijo Sandokán acercándosele—, si yo le hubiese dado hospitalidad, si le hubiera llamado mi amigo y hubiera descubierto después que era un enemigo, le habrÃa indicado la puerta, pero no le hubiera tendido una cobarde emboscada. Ahà abajo, en el camino que debo recorrer, hay cincuenta o cien hombres dispuestos a fusilarme. Mande que se retiren y que me dejen el paso libre.
—¿Es decir que el invencible Tigre tiene miedo? —preguntó el lord con frÃa ironÃa.
