Los Tigres de Mompracem

Los Tigres de Mompracem

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XIII. Rumbo a Mompracem

Soplaba del Este el viento, lo que no podía ser más favorable.

La canoa avanzaba bastante bien únicamente con la vela.

Sentado en la popa iba Sandokán, con los ojos fijos en Labuán, que poco a poco se desvanecía entre las tinieblas. Giro Batol, sentado en la proa, feliz y sonriente, charlaba por diez mirando hacia el oeste, hacia el lugar donde debía aparecer la formidable isla de Mompracem.

—¡Ánimo, capitán! —decía—. ¿Por qué está tan triste, ahora que vamos a nuestra isla? ¡Cualquiera diría que siente alejarse de Labuán!

—Y es cierto, Giro Batol —contestó Sandokán en voz sorda.

—¡A usted lo embrujaron esos perros ingleses! ¡Me río pensando en las maldiciones que nos echarán mañana, cuando se den cuenta de nuestra fuga! Sobre todo sus mujeres, que nos odian más que los hombres.

—¡No todas, Giro Batol! Y si vuelves a decirlo, te tiro al mar.

Había tal amenaza en la voz de Sandokán, que el malayo enmudeció y se volvió lentamente a proa, murmurando:

—¡Lo embrujaron!


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