Un drama en el Oceano Pacifico
Un drama en el Oceano Pacifico UN REY SEPULTADO VIVO
No existe en todo el mundo un pueblo que tenga tan poco miedo a la muerte como el pueblo fidjiano. Ya hemos dicho que para los habitantes del archipiélago de Fidji la muerte sólo representa un cambio de vida, porque en sus almas está muy arraigada la convicción de que les espera una resurrección próxima apenas dejada la Tierra. Y esta creencia ¡a qué extremos los lleva!
Omitimos, por excesivamente escatológico, el minucioso relato de las costumbres de estos salvajes. Baste decir, como muestra, que cuando el rey es viejo y está enfermo, el pueblo le insinúa que debe abandonar el trono al hijo primogénito. Y el pobre déspota de ayer ha de acomodarse, más o menos gustoso, al deseo de sus súbditos y no tiene más remedio que ceder el cetro y esperar tranquilamente la muerte.
La esposa principal pinta el pecho y los brazos del déspota con un color negro, sacado de una especie de nuez, que llaman «aluzzi», y en seguida es transportado con gran pompa, eso sí, a la sepultura que ocupará cuando muera, donde le dejan solo, esperando, apartado de todo trato humano, salvo el imprescindible para atender sus más elementales necesidades fisiológicas.
