Un drama en el Oceano Pacifico

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CAPÍTULO XVIII

LA FUGA DE LOS FORZADOS

Sí, el hombre que salía del cuadro de popa, donde estaba refugiada miss Ana, y que con un valor rayano en la locura subía a cubierta, en la que corrían los doce tigres, era el propio Bill, el sombrío y misterioso náufrago recogido en medio del Océano.

¿Qué intentaba hacer en la cubierta del velero? ¿Venía a presenciar aquella horrible comida de las fieras, o a asegurarse de que todos habían muerto? Tal vez ni lo uno ni lo otro.

El miserable tenía los vestidos desgarrados, quemados y parecía sostenerse difícilmente en pie.

Con una mano se apretaba el costado derecho, de donde manaban gotas que parecían de sangre y en la otra empuñaba un hacha.

Los tigres, al ver aquella nueva presa, se lanzaron a él dando rugidos que helaban la sangre, pero retrocedieron de pronto, como invadidos de un misterioso terror.

El náufrago había erguido el cuerpo y de sus ojos parecían brotar llamas; aquella mirada irresistible fascinó una vez más a las fieras y las hizo temblar.

Hizo un gesto de amenaza y se dirigió a popa.

Retrocediendo siempre, subió al puente, sin perder de vista a los doce tigres, que le seguían lentamente, como atraídos por una fuerza misteriosa; se inclinó sobre la amura y miró al Océano, gritando:


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