Un drama en el Oceano Pacifico
Un drama en el Oceano Pacifico —No tengo ningún deseo de acabar aquà mi vida, Asthor —dijo, riendo, el teniente—. Entre mis súbditos cuento con hábiles carpinteros, que me ayudarán a construir una gran canoa, a la que podré, o procuraré al menos, dotar de las condiciones de un mediano velero, y, una vez terminados nuestros negocios aquÃ, tomaremos rumbo hacia Australia.
En aquel momento se presentó un salvaje, diciendo:
—Paowang ha llegado.
—Es el hombre a quien mandé por noticias —aclaró Collin—. Que entre.
El salvaje, que esperaba ser llamado, se adelantó. Era un hombre hermoso, de alta estatura, de fisonomÃa enérgica y de ojos expresivos y fieros. ParecÃa cansado por una larga carrera y, por no perder tiempo, ni siquiera se habÃa desembarazado de sus armas, consistentes en una pesada maza de madera adornada con tiras de piel de perro, en una lanza con la punta de hueso y en un arco con una docena de flechas.
—¿Los has visto? —le preguntó Collin, sin dejarle casi respirar.
—SÃ, jefe —respondió el salvaje con voz sofocada.
—¿Dónde están?
—Se hallan acampados junto a una caverna de la costa septentrional.