Un drama en el Oceano Pacifico
Un drama en el Oceano Pacifico EL ASALTO DE LA CAVERNA
Aquel procedimiento de sofocarlos por el humo era el único medio de obligar a los forzados a rendirse.
Atrincherados tras las rocas, en las que se embotaban la metralla y las balas, podían hacer frente a todo un ejército.
Es verdad que se podía sitiarlos por hambre o por falta de municiones, pero esto requería mucho tiempo y el entusiasmo de los salvajes podría enfriarse entretanto, no estando acostumbrados a las largas resistencias, pues siempre decidían el éxito de sus batallas en muy pocos minutos.
Asthor, en unión de Grinnell y de diez isleños, se arrojó por entre las altas hierbas, arrastrándose como reptiles, y llegaron hasta el enorme tronco que los forzados querían convertir en canoa y que estaba a unos quince pasos de la caverna. Detrás de aquel parapeto no podían temer a las balas de los defensores de la cueva.
—¡Pronto, prendamos fuego a las matas! —dijo Asthor—. El viento sopla de la costa y arrojará el humo dentro de la caverna. ¡Excelente idea ha tenido el capitán!
