Un drama en el Oceano Pacifico
Un drama en el Oceano Pacifico La «Nueva Georgia», que navegaba con bastante velocidad, se mantuvo prudentemente lejos de aquellas costas inhospitalarias, pero los isleños vieron el buque y acudieron en buen número a la playa, agitando sus lanzas y sus arcos en son de amenaza. Lanzaron algunas flechas, que cayeron bastante lejos del barco, y el capitán Hill, que no quería perder tiempo en desagradables aventuras, no se dignó contestar.
Hacia el mediodía, y a distancia de una treinta millas de la isla Barwal, la «Nueva Georgia» encontró dos canoas fuertemente amarradas la una a la otra y que se comunicaban por un puente, en el que había unos doce salvajes de pequeña estatura, piel bronceada, cabeza alargada y nariz chata, casi desnudos y armados de lanzas cuyas puntas parecían esquirlas de huesos probablemente humanos.
Al ver que el buque pasaba de largo, la canoa, maniobrada por diez remeros, trató de seguirlo con la esperanza de lograr alguna cosa, fuera de grado o por fuerza. El capitán Hill ordenó que la nave siguiera hacia el Norte y mandó disparar un pequeño cañón que llevaba escondido bajo el castillo de proa. La detonación y además la imposibilidad de alcanzar al velero, que corría con la velocidad de ocho nudos por hora, hicieron desistir a los feroces salvajes de su loco propósito.
—Dime, papá: ¿son muchos los habitantes de estas islas? —preguntó miss Ana al capitán.