Yolanda, la hija del Corsario Negro

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CAPÍTULO IV

MORGAN

Después de la desaparición de su comandante, el Corsario Negro, Morgan no había abandonado el golfo de México ni a los filibusteros de las Tortugas.

Dotado de una fuerza de voluntad extraordinaria, de un valor a toda prueba y de gran entendimiento, no tardó en hacerse un sitio entre los Hermanos de la Costa, que pronto se habían dado cuenta de que aquel hombre podía conducirlos a grandes empresas, hasta entonces nunca concebidas ni soñadas.

Además, poseía una regular fortuna. Acaudilló a los supervivientes de la tripulación de El Rayo y se lanzó al mar, contentándose primero con atacar a las naves aisladas que cometían la imprudencia de surcar sin escolta las aguas de Santo Domingo y de Cuba.

Aquel crucero, más peligroso que fructífero, duró varios años con distinta suerte, cuando le fue ofrecido el mando de una escuadra compuesta de doce naves, entre grandes y pequeñas, y con una tripulación de setecientos hombres, para intentar alguna gran empresa en perjuicio de los españoles.

Morgan esperaba la ocasión de tener fuerzas suficientes para acometer sus grandiosos proyectos que debían crearle una fama inmensa y hacer de él el más célebre entre los famosos cabecillas filibusteros.


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