¿Me hablas a mí?
¿Me hablas a mí? Los romanos adoptaron y perfeccionaron la retórica griega. Cicerón y Quintiliano destacaron como maestros del arte oratorio, adaptándolo a las necesidades del foro y la política. La retórica se convirtió en el centro de la educación romana, enseñando no solo a persuadir, sino también a estructurar argumentos y cautivar audiencias. Cicerón insistía en que el orador ideal debía combinar sabiduría, virtuosismo estilístico y moralidad.
Con la caída de Roma, la retórica se refugió en los monasterios y las instituciones eclesiásticas, donde se enfocó en la predicación y la interpretación de textos religiosos. Aunque perdió parte de su enfoque político, se mantuvo como una herramienta clave en la argumentación teológica y filosófica. San Agustín integró la retórica con la fe cristiana, enfatizando su poder para transmitir la verdad divina.