La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Todo este pasaje de la carta apostólica, considerado en lo que se refiere a la cuestión presente, podrá resolvernos qué se entiende por vivir según la carne. Pues entre las obras de la carne, que dijo eran manifiestas y mencionó condenándolas, no encontramos solamente las que pertenecen al placer de la carne, como las fornicaciones, inmundicias, lujuria, borracheras, comilonas, sino también aquellas otras que denuncian los vicios del alma ajenos al placer de la carne. ¿Quién no ve que se aplica más bien al espíritu que a la carne el culto de los ídolos, las disensiones, herejías, envidias? Puede uno, en realidad, abstenerse de los placeres de la carne por la idolatría o algún error herético; y aún entonces el hombre, aunque al parecer domina y reprime los placeres de la carne, queda convicto por la autoridad apostólica de vivir según la carne; y en ese mismo abstenerse de sus placeres, queda también convicto de llevar a cabo las obras condenables de la carne. ¿Quién no tiene enemistades en su espíritu? O ¿quién hablando a un enemigo real o supuesto le dice: «Tienes mala carne contra mí», y no mejor: «Tienes mal ánimo contra mí»? Finalmente, lo mismo que si alguien oye hablar, por así decirlo, de carnalidades, no duda en atribuírselas a la carne; así tampoco duda nadie en atribuir las animosidades al espíritu. ¿Por qué entonces el Doctor de los gentiles, guiado por la fe y por la verdad, llama obras de la carne a todas éstas y a otras semejantes, sino porque en ese estilo, en que el todo queda significado por la parte, quiere significar al mismo hombre con el nombre de carne?