La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Dos amores han dado origen a dos ciudades: el amor de sà mismo hasta el desprecio de Dios, la terrena; y el amor de Dios hasta el desprecio de sÃ, la celestial. La primera se glorÃa en sà misma; la segunda se glorÃa en el Señor. Aquélla solicita de los hombres la gloria; la mayor gloria de ésta se cifra en tener a Dios como testigo de su conciencia. Aquélla se engrÃe en su gloria; ésta dice a su Dios: Gloria mÃa, Tú mantienes alta mi cabeza116. La primera está dominada por la ambición de dominio en sus prÃncipes o en las naciones que somete; en la segunda se sirven mutuamente en la caridad los superiores mandando y los súbditos obedeciendo. Aquélla ama su propia fuerza en los potentados; ésta le dice a su Dios: Yo te amo, Señor; Tú eres mi fortaleza117.