La Ciudad de Dios

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Además, ¿qué no forzaría el hambre a comer? ¿O qué no podría hacer sabroso y saludable Dios, que es capaz de conceder con una facilidad divina hasta el vivir sin alimento si no fuera conveniente que se alimentasen, para dar cumplimiento al significado de un misterio tan grande? Pero no se puede opinar, sin caer en la tozudez, que tantas figuras simbólicas no están destinadas a significar la Iglesia. Ya los pueblos la llenaron de una manera parecida. Puros e impuros, hasta que llegue el fin irrevocable, se encuentran íntimamente mezclados dentro de su estructura, y basándonos en un hecho tan evidente, no cabe duda alguna sobre lo restante que alguna vez está expresado con mayor oscuridad y es más difícil de entender.

Siendo esto así, no osará ni el más testarudo pensar que se han escrito inútilmente estos detalles; que nada significan aunque hayan tenido lugar; que solas las palabras son significativas, no los hechos, y que su significado puede ser ajeno probablemente a la Iglesia. No. Debe más bien creerse que con toda sabiduría se han consignado en los escritos para la posteridad, y que han tenido lugar, y tienen algún simbolismo, y este simbolismo prefigura a la Iglesia.



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