La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Por consiguiente, aunque tratara solamente de mencionar cuanto anunciaron de Cristo los profetas, mientras la ciudad de Dios avanza a través de estos tiempos, muriendo en los que pasan y renovándose en los que les suceden; si tratara -digo- de mencionar todo esto, acometería una obra gigantesca. En primer lugar, porque la misma Escritura, exponiendo ordenadamente la historia de los reyes, sus gestas y sus hechos, aparenta estar ocupada en narrar con histórica diligencia las empresas realizadas; en cambio, si con la ayuda de Dios se la considera atentamente, se descubrirá que está más atenta, o ciertamente no menos, al anuncio de las cosas futuras que a la exposición de las pasadas. Y ¿quién, por poco que reflexione, ignorará el esfuerzo, espacio y volúmenes necesarios para indagar esto con un estudio a fondo y tratar de llevar a cabo su exposición? Además, entre las mismas cosas que no dicen relación con la profecía hay tantas sobre Cristo y el reino de los cielos, o sea, la ciudad de Dios, que para descubrirlo se precisaría una investigación más amplia de la que exige el plan de esta obra. Y así, en cuanto me sea posible, procuraré poner freno a mi pluma, a fin de que en la realización de esta obra según el plan de Dios no exprese nada superfluo ni omita lo necesario.
CAPÍTULO II