La Ciudad de Dios

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Muerto Rómulo, al no comparecer, los romanos lo elevaron a la categoría de los dioses, como es bien conocido vulgarmente. Esto ya no solía hacerse ni se hizo después sino por adulación, no por error, en tiempo de los Césares. Cicerón llega a enumerar entre las grandes alabanzas de Rómulo el haberse hecho acreedor a estos honores, no en una época ruda e indocta, cuando los hombres se equivocaban con facilidad, sino cuando corrían tiempos cultos y eruditos; bien que no se había desatado todavía ni había cundido la garrulería aguda y sutil de los filósofos.

Claro que aunque los tiempos posteriores no hicieron dioses a los hombres muertos, continuaron honrando y teniendo como dioses a los consagrados por los antiguos; más aún, aumentaron con estatuas desconocidas de los antiguos el incentivo de la estúpida e impía superstición. Así, con el engaño de falaces oráculos conseguían los inmundos demonios en sus corazones que mediante los juegos de honor de esas mismas falsas divinidades se celebrasen torpemente aun los crímenes fabulosos de los mismos dioses, que en un siglo ya más civilizado no se inventaban.




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