La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios 3. El profeta Malaquías, anunciando a la Iglesia, que vemos propagada por medio de Cristo, dice con toda claridad a los judíos en la persona de Dios: Mi afecto no va hacia vosotros, dice el Señor de los ejércitos; ni aceptaré de vuestra mano ofrenda alguna. Porque desde Levante a Poniente es grande mi nombre entre las naciones, y en todo lugar se sacrificará y se ofrecerá a mi nombre una ofrenda pura, pues es grande mi nombre entre las naciones, dice el Señor62. Vemos cómo en todo lugar, desde Levante a Poniente, se ofrece a Dios este sacrificio mediante el sacerdocio de Cristo según el rito de Melquisedec; y, por tanto, no pueden negar que ha cesado el sacrificio de los judíos, a quienes se dijo: Mi afecto no va hacia vosotros ni aceptaré de vuestra mano ofrenda alguna. ¿Por qué esperan todavía otro Cristo, cuando todo esto que leen profetizado y ven cumplido no puede ser cumplido sino por Él mismo? Dice aún poco después del mismo sobre la persona de Dios: Mi alianza con él fue alianza de vida y de paz, y yo le di que me temiera santamente y tuviera respeto a mi nombre. La ley de la verdad regía su boca, anduvo conmigo en paz y convirtió a muchos de sus pecados. Los labios del sacerdote han de ser el depósito de la ciencia, y han de esperar todos la ley de su boca, porque es el ángel del Señor omnipotente63.