La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios A ellos, es verdad, se pueden añadir los anteriores, que no tenían todavía el nombre de filósofos, como los siete sabios, y luego los físicos que sucedieron a Tales, limitando su dedicación a la investigación de la Naturaleza, como fueron Anaximandro, Anaxímenes, Anaxágoras, y algunos otros antes de Pitágoras, tenido como el primer filósofo. Pues bien, ninguno de éstos precedió en el tiempo a alguno de nuestros profetas. El mismo Tales, a quien sucedieron los demás, se dice que descolló en el reinado de Rómulo, cuando el torrente de la profecía saltó de las fuentes de Israel en aquellos libros que se esparcieron por todo el orbe.
Por consiguiente, sólo los llamados poetas teólogos -Orfeo, Lino, Museo y algún otro que existiera entre los griegos- son anteriores en el tiempo a los profetas hebreos, cuyos escritos se encuentran en el canon de nuestras Escrituras. Pero ni aun éstos existieron antes de nuestro verdadero teólogo Moisés, que con toda veracidad predicó al único Dios verdadero, y cuyos escritos tienen actualmente una primacía en el canon de la autoridad. Por ello, en lo referente a los griegos, en cuya lengua floreció lo mejor de la literatura de este mundo, no tienen motivo alguno para hacer la apología de su sabiduría, como si pareciera, si no superior, al menos más antigua que nuestra religión, en que brilla la verdadera sabiduría.