La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Con presunción a todas luces exagerada se jactan algunos diciendo que han pasado más de cien mil años desde que Egipto conoce la astrología. ¿En qué libros pudieron recoger estas afirmaciones quienes aprendieron las letras de su maestra Isis no hace mucho más de dos mil años? No es de vulgar categoría como historiador Varrón, que fue el que nos dijo esto, que no está en desacuerdo con la verdad de las divinas letras. Si desde el primer hombre, llamado Adán, no se han cumplido todavía seis mil años, ¿no serán más dignos de risa que de refutación quienes intentan persuadirnos de cosas tan peregrinas y contrarias a verdad tan conocida? ¿A qué narración del pasado hemos de dar fe con más garantía que a la de quien nos anunció las cosas futuras que ya vemos presentes? El mismo desacuerdo de los historiadores entre sí nos fuerza a creer más a quien no esté en desacuerdo con la historia divina que tenemos. Aun los miembros de la ciudad impía, desparramados por todas las tierras, cuando leen a hombres doctísimos, cuya autoridad en nada parece despreciable, discrepando entre sí sobre los hechos que recuerda nuestra edad, no saben cómo arreglárselas para creer a alguno de ellos. Nosotros, empero, apoyados en la autoridad divina con relación a la historia de nuestra religión, no tenemos la menor duda de la falsedad de cuanto se opone a esa autoridad, sea cual fuere su postura en las demás cosas que se refieren a la historia profana, que, sean verdaderas o sean falsas, no nos aportan ventaja alguna para una vida justa y feliz.