La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Por consiguiente, según el cálculo de los cónsules, los trescientos sesenta y cinco años se ven cumplidos por el mismo quince de mayo en el consulado de Honorio y Eutiquiano. Pero en el año siguiente, siendo cónsul Malio Teodoro, cuando, según aquel oráculo de los demonios o invento de los hombres, ya no debió existir la religión cristiana, no fue necesario investigar lo que quizá tuvo lugar por otras regiones de la Tierra. Sí sabemos que en nuestra famosísima y tan sobresaliente Cartago de África, Gaudencio y Jovio, lugartenientes del emperador Honorio, el día diecinueve de marzo destruyeron los templos de los dioses falsos e hicieron pedazos sus simulacros. Y desde entonces hasta el presente, en un espacio de casi treinta años, ¿quién no echa de ver cómo se ha aumentado el culto del nombre de Cristo, sobre todo desde que se hicieron cristianos muchos de aquellos que eran apartados de la fe por la que parecía verdadera profecía, que luego vieron vacía y ridícula al cumplirse aquel número de años?
Nosotros, pues, que somos y nos llamamos cristianos, no creemos en Pedro, sino en el mismo que creyó Pedro: edificados por las palabras de Pedro sobre Cristo, no encandilados por aquellos encantamientos; no engañados por sus maleficios, sino ayudados por sus beneficios. El mismo Cristo, maestro de Pedro, es también nuestro maestro en la doctrina que lleva a la vida eterna.