La Ciudad de Dios

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El sabio -afirman todos estos filósofos- debe vivir en sociedad. Esta afirmación la suscribimos nosotros con mucha más fuerza que ellos. En efecto, ¿de dónde tomaría su origen, cómo iría desarrollándose y de qué manera conseguiría el fin que se merece esta ciudad de Dios -sobre la que trata esta obra y cuyo libro diecinueve tenemos entre manos- si la vida de los santos no fuese una vida en sociedad? Con todo, ¿quién será capaz de enumerar cuántos y cuán graves son los males de la sociedad humana, sumida en la desdicha de esta vida mortal? ¿Quién podrá calibrarlos suficientemente? Presten oídos a uno de sus cómicos que, con aprobación de todos, expresa el sentir de los hombres: «Me he casado con una mujer: ¡no hay calamidad más grande! Me han nacido los hijos: ¡nuevas preocupaciones!». ¿Y qué decir de los trapos sucios que el mismo Terencio nos saca a relucir del amor?: «Injurias, celos, enemistades, la guerra; y de nuevo la paz». ¿No están llenos los aconteceres humanos de todo esto? ¿No sucede así con demasiada frecuencia incluso en las amistades más limpias de amigos? ¿No es verdad que por todas partes la vida humana está llena de todas estas miserias, de injurias, celos, enemistades, de guerra, de una manera infalible? En cambio, el bien de la paz es problemático, puesto que ignoramos el corazón de aquellos con quienes la quisiéramos tener, y si hoy podemos conocerlo, mañana nos serán desconocidas sus intimidades.


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