La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Es verdad que la muerte de los seres más queridos, especialmente de aquellos cuyos servicios son más indispensables a la sociedad, nos causa aflicción, unas veces más mitigada y otras, más cruel. Pero en lo que se refiere a los que amamos con afecto, preferiríamos verlos o saberlos muertos antes que caídos en la infidelidad o en la corrupción de sus costumbres; en otras palabras, antes que muertos en el alma.
Llena está la Tierra de este enorme cúmulo de desgracias. De ahí el texto de la Escritura: ¿No es, acaso, una tentación la vida del hombre sobre la tierra?8 Esta misma razón hace exclamar al Señor: ¡Ay del mundo por los escándalos!9 Y de nuevo: Al crecer-dice- la maldad, se enfriará la caridad en la mayoría10. De aquí que debemos felicitar a nuestros amigos ya muertos, y si bien su muerte nos causa tristeza, ella misma nos da un consuelo más seguro: de hecho para ellos se han terminado los males que destrozan o corrompen, o al menos exponen a ambos peligros incluso a los hombres de bien.
CAPÍTULO IX
La amistad con los santos ángeles no le puede ser manifiesta al hombre en este mundo. La razón es la astucia de los demonios, que han hecho caer a gran número de hombres que se creían obligados a dar culto a los dioses