La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios CAPÍTULO X
Recompensa que aguarda a los santos por la superación de las pruebas de esta vida
Ni siquiera los santos, fieles adoradores del único, verdadero y supremo Dios, están inmunes de las falacias diabólicas y sus tentaciones de todas clases. De hecho, en este valle de miserias, en estos días llenos de maldad, no está de más vivir en esta alarma: nos sirve para mantenernos en una búsqueda anhelante y cada vez más ardiente de aquella seguridad, donde la paz llega a su plenitud y se mantiene lejos de todo riesgo. Allí se darán cita los dones naturales, es decir, aquellas prendas con que el autor de toda naturaleza ha obsequiado a la nuestra. Se trata no sólo de dones excelentes, sino perdurables; no sólo de dones propios del espíritu, llevados a la perfección por la sabiduría, sino también del cuerpo, que se transformará con la resurrección. Allí brillarán las virtudes, pero no en pugna con vicio o mal alguno: disfrutarán, como recompensa de su victoria, de una paz eterna, que ningún adversario será capaz de turbar.