La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Los mismos bandoleros, cuando intentan atacar la paz ajena con más seguridad y más violencia, procuran tenerla entre sus compinches. Y en el supuesto de que haya uno que sobresalga en fuerza, pero tan desconfiado de sus camaradas que no quiera saber nada con ninguno, obrando por su cuenta, tendiendo emboscadas y derribando a cuantos puede, despojando a sus vÃctimas, sean atacados o asesinados, con todo mantiene sin falta al menos una sombra de paz con aquellos que no puede eliminar y a quienes quiere ocultar sus fechorÃas. En casa procura, con su mujer y sus hijos y demás que allà convivan, mantenerse pacÃfico. Naturalmente, satisfecho de que al menor signo se le obedezca sin rechistar. Y si no, monta en cólera, riñe, castiga y, si fuera necesario, restablece por el terror la paz de su hogar. Es consciente de que no puede haber paz si no están sometidos a una cabeza -que en su casa es él- todos los componentes de la sociedad familiar. Supongamos que le brindaran el dominio sobre una multitud, una ciudad o una nación, por ejemplo, con una sumisión como la que querÃa imponer en su propia casa: entonces ya no andarÃa escondido en guaridas como un ladrón, sino que se pondrÃa sobre un pedestal como rey a plena luz, sólo que su perversión y su codicia seguirÃan intactas.