La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Nada hay que pueda sustraerse de las leyes del supremo Creador y ordenador, que regula la paz del universo. En efecto, aunque del cadáver de un animal grande nazcan diminutos animalillos, todos estos seres minúsculos, en virtud de la misma ley del Creador, obedecen en sus propios y diminutos principios vitales a la paz de su salud. Y aunque las carnes de unos animales sean devoradas por otros, siempre encuentran las mismas leyes, extendidas por doquier, con el fin de armonizar en la paz los elementos convenientes para la conservación de cada especie, sea cualquiera el sitio adonde vayan a parar, o los elementos a que llegue a unirse, o las sustancias en que se cambie o se transforme.
CAPÍTULO XIII
La paz universal: no puede sustraerse a la ley de la naturaleza en medio de cualesquiera perturbaciones; bajo el justo juez se llega siempre a lograr, en virtud del orden natural, lo que se ha merecido por la voluntad