La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Pero nosotros no podemos aceptar ni los insultos de Apolo a Cristo ni las adulaciones de Hécate. Aquél pretende crear una imagen de un Cristo delincuente, alegando que fue condenado a muerte por jueces honrados; ésta hace de Cristo un hombre de profunda piedad, sÃ, pero un puro hombre. Y una sola es la intención de ambos: impedir que los hombres se decidan a hacerse cristianos. En efecto, sólo podrán escapar de su tiranÃa haciéndose cristianos. ¡Que ante todo este filósofo, o mejor quienes dan crédito a tales seudooráculos contra los cristianos, hagan ponerse de acuerdo, si son capaces, a Apolo y a Hécate sobre Cristo, y luego que ambos lo calumnien o ambos lo exalten! Aunque llegaran a conseguirlo, seguirÃamos repudiando a estos farsantes demonios tanto si calumnian como si alaban a Cristo. De hecho, puesto que su dios por un lado y su diosa por otro están en desacuerdo con relación a Cristo, el uno desprestigiando y la otra ensalzando, los hombres, como es lógico, si tienen sentido común, no prestarán el menor crédito a quienes asà calumnian a los cristianos.