La Ciudad de Dios

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Dice así Porfirio: «Hay en algún lugar unos espíritus terrestres insignificantes sometidos al poder de los demonios malos. Los sabios del pueblo hebreo -uno de los cuales fue también este Jesús, como ya conoces por los oráculos de Apolo, citados más arriba-, los hebreos, digo, apartaban a los hombres religiosos de tales perversos demonios y de los espíritus inferiores, prohibiéndoles dedicarse a ellos. En cambio, les inculcaban la veneración de los dioses celestiales, y, sobre todo, la de Dios Padre. Pero esto -prosigue- también los dioses lo ordenan, y ya hemos dicho arriba cómo nos aconsejan volver nuestra alma a Dios, y nos mandan adorarlo por todas partes. Pero los ignorantes e impíos, a quienes el destino no otorgó los favores divinos ni el conocimiento del inmortal Júpiter, lejos de prestar oídos a los dioses y a los adivinos, rechazaron a todos los dioses. En cambio, a estos demonios, cuyo trato tenían prohibido, no solamente no los detestaron, sino que empezaron a honrarlos. A Dios fingen adorarlo, pero no ponen en práctica aquello precisamente por lo que Dios recibe adoración. Porque Dios, como Padre de todos, no tiene necesidad de nadie; pero a nosotros sí que nos viene bien el adorarlo por medio de la justicia, de la castidad y demás virtudes, haciendo de nuestra propia vida una plegaria hacia Él a través de su búsqueda e imitación. La búsqueda, efectivamente -dice él-, purifica, y la imitación, al crear con su ejercicio una simpatía hacia Él, nos deifica».


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