La Ciudad de Dios

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Así como el alma es el principio vital de la carne, así también Dios es la vida bienaventurada del hombre. De ello dicen las sagradas letras de los hebreos: Dichoso el pueblo cuyo Dios es el Señor34. Desgraciado, por tanto, el pueblo alejado de este Dios. Con todo, también él ama la paz, una cierta paz que le es propia y que no hay por qué despreciar. Cierto que no disfrutará de esta paz al final, porque no la ha utilizado debidamente antes de ese final. Y a nosotros nos interesa también que durante el tiempo de esta vida disfrute de esta paz, puesto que mientras están mezcladas ambas ciudades, también nos favorece la paz de Babilonia. De esta ciudad se libera el pueblo de Dios por la fe, es verdad, pero teniendo que convivir con ella durante el tiempo de su destierro. De aquí que el mismo Apóstol encomendase a la Iglesia orar por los reyes y autoridades, añadiendo estas palabras: Para que tengamos una vida tranquila y sosegada, con la mayor piedad y amor posibles35. Ya el profeta Jeremías, junto con el anuncio al antiguo pueblo de Dios de su futura cautividad, y con el mandato divino de que fuesen dócilmente a Babilonia, ofreciendo sus mismos padecimientos como un servicio a Dios, les aconsejó también que orasen por la ciudad, y les dijo: Porque su paz será la vuestra36. Una paz todavía temporal, por supuesto, común a buenos y malos.

CAPÍTULO XXVII


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