La Ciudad de Dios

La Ciudad de Dios

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Pero esa otra paz peculiar nuestra la tenemos ya aquí al lado de Dios por la fe, y en la eternidad la tendremos a su lado por visión directa. Bien es verdad que tanto la paz común a unos y otros, como la nuestra propia, podemos considerarla más bien como un alivio de nuestra desgracia que como un disfrute de la felicidad. De hecho, nuestra misma santificación (iustitia), aunque sea verdadera porque dice relación al último y verdadero bien, sin embargo, es tan limitada en esta vida que más bien consiste en la remisión de los pecados que en la perfección de las virtudes. Testigo de ello es la oración de toda la ciudad de Dios, exiliada en estas tierras. Así clama por boca de todos sus miembros: Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores37. Y la eficacia de tal oración no se aplica a quienes, por no tener obras, tienen muerta su fe38, sino a aquellos cuya fe se pone en práctica por el amor39. La razón, por más que esté sometida a Dios, al hallarse bajo esta condición mortal y en este cuerpo corruptible -que es lastre del alma-40 no puede dominar perfectamente las malas inclinaciones. De ahí la necesidad para los justos de tal oración. En efecto, aunque llegue a dominar estas malas inclinaciones, no es capaz de hacerlo sin una lucha contra ellas. Y, naturalmente, en esta mansión de miseria, incluso al más valiente luchador, y al que ya tiene dominio de sus enemigos, después de vencerlos y someterlos, algún pecado se les desliza, si no ya fácilmente en sus obras, sí al menos en las palabras, tan resbaladizas, o en los pensamientos, tan difíciles de controlar. Y, por tanto, mientras se está tratando de dominar nuestros viciosos instintos, no se disfruta de plena paz, puesto que los que ofrecen resistencia necesitan peligrosos combates hasta su rendición; por otra parte, el triunfo sobre los ya rendidos no ofrece una tranquilidad segura, sino que es necesario mantenerlos a raya con estrecha vigilancia. En medio de todas estas tentaciones, a las que alude brevemente la divina Palabra en estos términos: ¿No es cierto que la vida del hombre sobre la tierra es una tentación?41, ¿quién tendrá la presunción de vivir sin necesidad de decirle a Dios: Perdónanos nuestras deudas, más que un hombre infatuado? No se trata aquí de un gran hombre; es más bien un presumido, un jactancioso, al cual, con plena equidad, rechaza quien ofrece gracia a los humildes. A este respecto está escrito: Dios se enfrenta con los arrogantes, pero concede gracia a los humildes42.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker