La Ciudad de Dios

La Ciudad de Dios

Juzga Dios también, y no de una manera únicamente universal, cuando decide sobre la culpa de los primeros pecados de la raza de demonios y hombres para su desgracia; lo hace también de las propias obras de cada uno, fruto del albedrío voluntario. En efecto, los demonios suplican que cesen sus tormentos, y no sería injusto el perdonarlos ni tampoco el que continúen en sus tormentos, según su propia perversidad². Los hombres, a su vez, son castigados por Dios según sus hechos, abiertamente con frecuencia, y ocultamente siempre, sea en esta vida o después de la muerte. Aunque en realidad no hay hombre que obre con rectitud si no es con la ayuda divina ni demonio u hombre que obren mal si no se lo permite un divino y justísimo juicio. De hecho, dice el Apóstol: En Dios no hay injusticia³; y de él son también estas palabras: ¡Qué insondables son los juicios de Dios y qué irrastreables sus caminos!4 No voy a tratar en este libro de aquellos primeros juicios ni tampoco de estos segundos, sino más bien -según su ayuda- del último, aquel en que Cristo ha de venir del cielo para juzgar a los vivos y a los muertos. Éste es el propiamente llamado «día del juicio», porque allí no habrá lugar a quejas de incautos, a ver por qué éste es feliz siendo malo, o por qué el otro, que es justo, es desgraciado. Se verá claramente cómo la auténtica y colmada felicidad será la de todos y solamente los buenos, y, en cambio, la desgracia suma y merecida será para todos y solos los malos.


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