La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios 2. La misma razón hay, por consiguiente, para no rogar entonces por los hombres condenados al fuego eterno que para no rogar ni ahora ni después por los ángeles malos. Y la misma razón también para no orar ahora por los infieles e impíos difuntos, aunque sean hombres. Cierto que la oración de la misma Iglesia o de otras personas piadosas es escuchada en favor de algunos difuntos; pero lo es en favor de aquellos regenerados en Cristo, cuya vida, durante el período corporal, no ha sido tan desordenada que se les considere indignos de una tal misericordia; ni tan ordenada que no tengan necesidad de esa misericordia. Así, una vez resucitados los muertos, tampoco faltarán algunos a quienes, después de las penas que sufren las almas de los difuntos, se hará misericordia para que no sean enviados al fuego eterno. En efecto, no se diría con verdad de algunos que no se les perdonará ni en este mundo ni en el futuro si no hubiera otros a quienes se les perdonará en el futuro, aunque no se les perdone en éste52.