La Ciudad de Dios

La Ciudad de Dios

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Al emprender el tratado sobre La Ciudad de Dios, me pareció un deber el dar una réplica a sus enemigos, que andan ansiosos de los goces terrenos y suspiran por estas realidades fugaces. Pero en cuanto les toca sufrir algún contratiempo -que es más bien una advertencia de la misericordia de Dios que un castigo de su severidad-, acusan con gritos a la religión cristiana, la única salvadora y verdadera religión. Y como entre ellos hay una multitud de ignorantes, se enciende más su odio contra nosotros, apoyados en la autoridad de pretendidos sabios: llegan a creer que los hechos insólitos ocurridos en su época no tienen precedentes en épocas anteriores. Añadiendo a esto que lo confirmaban los conocedores de tal falsedad, procurando disimularlo para dar la impresión de tener justos motivos de murmuración contra nosotros, fue necesario demostrar, partiendo de las obras históricas de sus propios autores, cómo la realidad de los hechos pretéritos es muy otra de como éstos se piensan. Al mismo tiempo había que dejar en claro cómo los dioses falsos, que antaño adoraban públicamente, o lo hacen hoy en privado, son los espíritus más inmundos y los demonios más malignos y engañosos. Esto hasta el punto de gozarse en sus propios crímenes, sean falsos o verdaderos: ellos han querido que tengan rango de celebración durante sus fiestas. Así la debilidad humana estará imposibilitada para evitar la caída en tales vilezas, puesto que se le proponen como modelo, avalados por una pretendida autoridad divina.


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