La Ciudad de Dios

La Ciudad de Dios

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Cosecharon las mieses sin Segetia, tuvieron ganado bovino sin Bubona, la miel sin Melona, la fruta sin Pomona y así todo lo demás, por cuya obtención creyeron obligado los romanos suplicar a una tan numerosa caterva de falsas divinidades. Los hebreos lo recibieron de una manera mucho más oportuna del único y verdadero Dios. Y si no fuera porque pecaron contra Él, en un impío afán de novedad, como seducidos por artes mágicas, dejando deslizar sus pasos hacia dioses extranjeros y hacia el culto de los ídolos, y, por fin, dando muerte a Cristo, se habría mantenido su reino, no más anchuroso, es verdad, pero sí más feliz que el de Roma.

Ahora, el hecho de que estén los judíos dispersos por casi toda la Tierra y todas las naciones es una medida providencial de aquel único y verdadero Dios. Así, la destrucción de ídolos, altares, bosques sagrados, templos, que está ocurriendo por todas partes, la prohibición de sus sacrificios, puede probarse por los libros judíos cómo estaba ya todo profetizado mucho tiempo ha. Se evita de este modo la sospecha, al leerlo en nuestros libros, de que ha sido pura invención nuestra.

Dejemos para el próximo libro la aclaración de lo que sigue. Pongamos fin a éste, que ya es bastante prolijo.

LA CIUDAD DE DIOS

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