La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios La causa de la grandeza del Imperio romano no es fortuita ni fatal. (Utilizo estos términos siguiendo la sentencia o el parecer de quienes dicen: es fortuito lo que no tiene causa alguna o no proviene de ningún orden racional; es fatal aquello que sucede en virtud de un orden necesario, independiente de la voluntad de Dios y de los hombres.) Con toda certeza, es la divina Providencia quien establece los reinos humanos. Si alguien se los atribuye al destino por la única razón de que a la voluntad o al poder divino los llama destino, que se quede con su opinión, aunque debe cambiar su lenguaje. Pero ¿por qué no decir en seguida lo que ha de decir después, cuando alguien le pregunte qué entiende por destino? Porque la gente, al oír esta palabra, lo que entiende por el modo corriente de hablar es únicamente la influencia de la posición de los astros al nacer o al ser uno concebido. Para algunos esto es ajeno a la voluntad de Dios; para otros la citada influencia está también subordinada a ella. Pero en cuanto a los que opinan que los astros, independientemente de la voluntad de Dios, determinan tanto nuestros actos como los bienes que tenemos y los males que padecemos, a éstos no les debe prestar oídos nadie. Y no me dirijo solamente a aquellos que profesan la verdadera religión, sino a cualquiera que se precie de adorar algún dios, aunque sea falso. ¿Cuáles serían las consecuencias de esta opinión, sino la supresión de todo culto divino y de toda oración a Dios?