La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Pero que pongan atención a todos los puntos, y si por casualidad, en un examen sin prejuicios, llegan a descubrir que, más que replicar, lo que pueden es importunar con su garrulerÃa desvergonzada y con su ligereza entre satÃrica y mÃmica, déjense de simplezas y decÃdanse más bien por la corrección de los sensatos que por las adulaciones de los insensatos. Porque si lo que están esperando no es la ocasión de decir francamente la verdad, sino de lanzar insultos a rienda suelta, ojalá no les sobrevenga lo que dice Cicerón de uno que se llamaba feliz por tener la libertad de hacer el mal: «¡Pobre de ti, que tenÃas permiso para pecar!».
Asà que quienquiera que se sienta feliz porque tiene la posibilidad de lanzar improperios, será mucho más feliz si renuncia totalmente a ella. Puede poner desde ahora mismo todas las objeciones que quiera, como en un diálogo de investigación, con tal que renuncie a toda pretenciosa vanidad. Tendrá ocasión de oÃr, en amigable discusión, una respuesta oportuna, honesta, seria y sincera de sus interlocutores, en la medida de sus posibilidades.
LA CIUDAD DE DIOS
CONTRA PAGANOS
Traducción de Santos Santamarta del RÃo, OSA y Miguel Fuertes Lanero, OSA
LIBRO VI