La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Y no pueden poner en duda que toda la animosidad que acerca de los desastres de esta vida y derrocamiento y trastrueque de las cosas pretenden cargar los ignorantes sobre la religión cristiana está totalmente vacía de rectitud de reflexión y razonamiento, y rebosa de la más inconsiderada temeridad y funesta cólera. Y todo esto no sólo ante el disimulo, sino con la aprobación de los mismos sabios, que no tienen escrúpulo en traicionar su conciencia, dominados por insensata impiedad.
CAPÍTULO I
Los que afirman que no dan culto a los dioses por esta vida presente, sino por la eterna
1. A continuación, como lo exige el plan de la obra, tenemos que refutar y enseñar a los que reclaman el culto de los dioses de los gentiles, destruido por la religión cristiana, no por amor de esta vida, sino por la que vendrá tras la muerte. Al presente, pues, me parece bien comenzar mi disertación por el verdadero oráculo del salmo sagrado: Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor y no acude a los idólatras, que se extravían con engaños¹.