La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios En tales misterios, en efecto, se complacían aquellos demonios que se presentaban para ser adorados en lugar de los muertos que, con el testimonio de engañosos milagros, habían conseguido ser tenidos por dioses. Pero la oculta providencia del verdadero Dios permitió que esos demonios, reconciliados con su amigo Pompilio por las artes de la hidromancia, le confesaran todos esos desvaríos; y, sin embargo, no permitió que al morir mandase que fueran quemados en vez de enterrados. Aunque intentaron quedar ocultos, no pudieron resistir al arado con que fueron desenterrados ni a la pluma de Varrón, que nos ha transmitido esta narración. No pueden hacer sino lo que se les permite. Y se les permite por un justo y profundo decreto del Dios supremo, por los méritos de aquellos que es justo sean afligidos o sometidos o engañados.
En fin, cuán perniciosos y alejados del culto de la verdadera divinidad han sido juzgados estos escritos se puede colegir de este hecho: el Senado tuvo por más oportuno quemar los que Pompilio ocultó, a temer lo que temió quien no se atrevió a hacer esto. Por consiguiente, quien ni aún ahora quiere tener una vida religiosa, busque en tales misterios la eterna. Pero quien no desee hacer alianza con los malignos demonios, no tema la perniciosa superstición con que son honrados; antes bien, reconozca la verdadera religión, por la cual son puestos en evidencia y vencidos.