La Ciudad de Dios

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Entre los discípulos de Sócrates se destacó con gloria principal y bien merecida, eclipsando a todos los demás, Platón. Era ateniense, de familia ilustre, y muy superior a sus condiscípulos por su maravilloso ingenio. Pensando que ni por sí mismo ni con la doctrina socrática podía llevar a la perfección la filosofía, recorrió por mucho tiempo las regiones más lejanas que pudo, a dondequiera lo llevaba la fama de alguna ciencia digna de estudio. Así aprendió en Egipto las enseñanzas notables que allí se profesaban y enseñaban; pasó de allí a la región de Italia, célebre por el nombre de los pitagóricos, y con suma facilidad asimiló de labios de sus sabios más eminentes la floreciente filosofía de la Magna Grecia. Por el amor que sentía hacia su maestro Sócrates, le hacía interlocutor de casi todos sus tratados, procurando armonizar con el aire y moralidad de aquél cuanto había aprendido de los demás o había penetrado con su propio talento.

El estudio de la sabiduría se encuentra en la acción y en la contemplación, y así puede llamarse activa a una parte y contemplativa a la otra. La activa trata del gobierno de la vida o de formar las costumbres; la contemplativa, en cambio, de la contemplación de las causas de la naturaleza y de la verdad en sí. Se dice, pues, que Sócrates sobresalió en la vida activa y que Pitágoras se dedicó más a la contemplativa con todos los recursos de su talento.


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