La Ciudad de Dios

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3. Éstas eran las vanidades engañosas, funestas y sacrílegas que lamentaba el egipcio Hermes, sabiendo llegaría el tiempo de su desaparición; pero su lamentación era tan desvergonzada como imprudente su conocimiento. No se lo había revelado a él el Espíritu Santo, como a los santos profetas, que, conociendo de antemano estas cosas, exclamaban gozosos: ¿Podrá un hombre hacer dioses? No serán dioses¹³. Y en otro lugar: Aquel día -oráculo del Señor de los ejércitos- extirparé del país los nombres de los ídolos y no serán invocados más14. Y precisamente sobre Egipto, en lo referente a esta cuestión, vaticina el santo Isaías: vacilan ante él los ídolos de Egipto, y el corazón de los egipcios se les derrite en el pecho15. Y otras cosas por el estilo.

A la misma estirpe pertenecían los que se alegraban de que hubiera llegado lo que sabían había de venir: tal era Simeón, tal Ana, que reconoció por el espíritu a Jesús recién nacido; tal también Isabel, que lo reconoció concebido por obra del Espíritu16; igualmente Pedro, al decir por revelación del Padre: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo17.




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